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Día del Tarot: ¿Y si las tarotistas de pueblo fueron las precursoras del coaching emocional en la España rural?

 

Por Cristina Hontanilla


En casi todos los pueblos ha existido la típica mujer a la que llamaban «la bruja», «la loca». Una mujer mayor de pelo canoso y largo que vivía en una casa en penumbra que olía a incienso y a quien las mujeres iban a ver cuando no sabían qué hacer, pero con desconfianza. Luego, durante años, la imagen de las tarotistas en España estuvo relegada a las madrugadas televisivas. Nos las vendieron como figuras sombrías capaces de explotar la vulnerabilidad ajena y, así, bajo el estigma de la charlatanería, habitaron en la mente de casi todas. 


Sin embargo, es necesario rescatar una figura mucho más real y poderosa: la mujer mayor sabia. Esa vecina que usa lo esotérico y lo místico no como una bola de cristal para ver el futuro, sino como una psicología intuitiva con la que desbloquear las vidas estancadas de muchas mujeres en el pueblo.  


En los pueblos siempre ha habido mujeres que, sin consulta, web ni redes sociales, ponían palabras a lo que otras no podían nombrar. Abrían la puerta de sus casas y escuchaban a quienes no sabían qué hacer con su vida. Se las llamó brujas, tarotistas o pitonisas; a veces con sorna, calificando lo suyo como un territorio entre lo pintoresco y lo sospechoso. Pero ¿y si, mucho antes de que el lenguaje del bienestar emocional y lo wellnessllegara a nuestras vidas en forma de libros o podcasts, ellas ya estaban allí, ofreciendo lo que hoy reconoceríamos como un acompañamiento positivo? 


No era tanto el tarot, las piedras o las hierbas; o no solo. Era el espacio y el tiempo para plantear preguntas en voz alta que, en otro lugar, esas mujeres no tenían con quién compartir.  


Ahora estamos viviendo un cambio de paradigma. El auge de lo místico y lo esotérico ha dejado de ser una curiosidad de nicho para convertirse en una herramienta de introspección. La literatura y el periodismo tienen la oportunidad de dignificar a estas figuras que, al margen de prejuicios, ayudaron a otras mujeres a tomar decisiones sobre sus propias vidas. Quizá fueron las precursoras del coaching emocional, antes siquiera de que el término se popularizara, y que utilizaban las cartas solo como un instrumento necesario para mostrar a la otra lo que ya albergaba en su interior. 


A través de una simbología ancestral, estas mujeres recordaban que nunca es tarde para abrazar los "quereres". No imponían un camino a seguir, pero mostraban que la sensación de estar atrapada es, en gran medida, una percepción que puede romperse con decisiones valientes y confianza en una misma. Esa es la verdadera magia que sobrevive: la de las mujeres que nos enseñan a elegir nuestros deseos frente a los mandatos impuestos. 


Estas tarotistas no prometían transformaciones en diez sesiones ni hablaban de objetivos. Su valor residía en la escucha sin juicio y en una intuición afinada por años observando vidas ajenas. Dignificar su figura es reconocer que el acompañamiento emocional puede venir de muchas formas. A veces, basta con alguien que nos ayude a mirar las cartas que la vida ya ha puesto sobre nuestra mesa. 

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