El miedo adopta muchas formas y, en la literatura de Pepe G. Pardo, ninguna pasa desapercibida. Tras sorprender con Sin bragas no hay miedo, una novela que mezclaba thriller psicológico, romance y humor negro, el autor regresa con ¡Puto algoritmo!, una sátira contemporánea que pone el foco en nuestra dependencia tecnológica y en la obsesión humana por controlar incluso aquello que resulta inevitable: la muerte. Con un estilo directo, ágil y cargado de ironía, Pepe G. Pardo construye historias donde el suspense convive con la reflexión emocional y donde los personajes se enfrentan constantemente a sus propias contradicciones. En esta entrevista para Tu Otra Alternativa, el escritor nos habla sobre el origen de sus novelas, el papel del miedo en la sociedad actual y su particular forma de entender la ficción.
¡Puto algoritmo! plantea una reflexión muy actual sobre la tecnología y el control digital. ¿En qué momento nació la idea de convertir ese miedo contemporáneo en una novela?
Nació al darme cuenta de que, después de Sin bragas no hay miedo, el siguiente paso lógico era el principal miedo: la muerte. Quería meter el dedo en esa llaga digital sin que el lector terminara en terapia o deprimido. Así que usé el algoritmo como la excusa perfecta para reírnos de nuestro trágico e inevitable destino.
En la novela aparece un componente de suspense relacionado con un descubrimiento capaz de cambiar la percepción de la muerte. ¿Qué fue lo más complejo a la hora de construir esa tensión psicológica?
Cambiar la percepción de la muerte que cada persona tiene es imposible: todos sabemos que nos va a tocar, pero cada cual lo lleva a su manera. Así que la verdadera tensión no está en el hecho de morir, sino en el morbo psicológico de tener un botón para saber el cuándo y el cómo. El dilema de si pulsar ese botón o seguir viviendo en la bendita ignorancia es lo que realmente carcome al lector.
Tu otra novela, Sin bragas no hay miedo, mezclaba comedia romántica, thriller psicológico y reflexión sobre los miedos humanos. ¿Sientes que ¡Puto algoritmo! es una evolución natural de esas inquietudes?
No es una evolución y no es una segunda parte, aunque rescaté a un personaje para no dejarlo en el paro. Sin bragas no hay miedo tocaba varios temores, pero el miedo a la muerte tiene tanto ego que se merecía una novela en exclusiva para él solito.
En Sin bragas no hay miedo los protagonistas eran expertos en psicología y psiquiatría marcados por sus propias fobias. ¿Te interesa especialmente explorar las contradicciones emocionales del ser humano?
Totalmente, me fascina la inteligencia emocional… o la idiotez emocional, según el día que tengamos. Más que contradicciones, es la emoción pura lo que mueve al ser humano y lo que realmente nos diferencia de los animales, más incluso que el alma que dicen que tenemos.
El miedo parece ser un tema recurrente en tus historias, aunque abordado desde perspectivas muy distintas. ¿Crees que vivimos en una sociedad más dominada por el miedo de lo que aparenta?
El miedo no es un defecto de fábrica, es nuestro sistema de alarma para no extinguirnos; el día que dejemos de temer, nos borramos del mapa. Vivimos intentando esconderlo bajo la alfombra porque nos han vendido que reconocerlo es de débiles. Pero no nos engañemos: el miedo maneja los hilos de esta sociedad, por mucho que intentemos disimularlo con filtros y postureo.
Sin bragas no hay miedo combina humor, amor, suspense e incluso asesinatos dentro de una misma historia. ¿Cómo trabajas el equilibrio entre géneros para que la novela no pierda coherencia?
Mi secreto para equilibrar géneros es que no tengo ni la más remota idea de qué género estoy escribiendo cuando empiezo. Mis novelas simplemente reflejan la vida misma: un día te enamoras, al otro te ríes y al otro lloras. Al final, la vida real es un buffet libre de dramas, comedias y suspense. Aunque nos fastidie reconocerlo, la maldita frase de que la realidad supera a la ficción es una verdad como un templo.
En varias entrevistas y textos hablas de cómo te documentaste sobre psicología, psiquiatría y comportamiento humano. ¿Qué importancia tiene la investigación previa dentro de tu proceso creativo?
Documentarse está bien y a veces toca, pero para escribir novela lo que realmente cuenta es ser un mirón profesional: observar a la gente, el ambiente y luego pintarlo con palabras. Nos paramos a mirar lo que ocurre alrededor para, acto seguido, invocar a la imaginación y deformar esa realidad a nuestro antojo. Investigar te da los datos, pero la licencia para mentir con gracia te la da el arte de observar.
Después de pasar por géneros tan distintos como la sátira tecnológica o el thriller psicológico con tintes románticos, ¿qué tipo de historias te atrae escribir actualmente?
Para mí, la historia es solo el caballo de Troya para colar un tema de contrabando; primero elijo de qué quiero hablar y luego la trama se busca la vida a su alrededor. Me atrae escribir sobre nuestras miserias y miedos, no para dar soluciones —que para eso cobran los psicólogos—, sino para que el lector vea que no está solo en su locura. Ya sabes, por aquello de que el mal de muchos…
Tus novelas suelen partir de conceptos muy reconocibles para el lector: los miedos, la ansiedad, las redes sociales o la obsesión tecnológica. ¿Necesitas que haya siempre una conexión directa con la realidad cotidiana?
No es que lo necesite, es que desconectar de la realidad me resulta una misión imposible. Me encanta la ciencia ficción, pero hasta en el escenario más futurista me imagino a un alienígena agobiado por el precio del alquiler o mirando el móvil. Al final, por mucho que queramos inventar mundos, la cruda y cotidiana realidad siempre nos acaba adelantando por la derecha y superando a la ficción.
Para quienes todavía no conocen tu obra, ¿cómo definirías la experiencia de leer a Pepe G. Pardo y qué crees que encontrarán tanto en Sin bragas no hay miedo como en ¡Puto algoritmo!?
Se van a encontrar con libros que se leen solos, de prosa ágil y con mucha más acción que descripción. Mi intención principal es entretener, pero jugando al despiste: estás tan tranquilo pasando páginas cuando, de repente, se te cuela un “vaya” entre líneas que te vuela la cabeza. En resumen: diversión rápida con el riesgo colateral de acabar pensando más de la cuenta.

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