La historia nos sitúa en un futuro cercano, en una España sometida a la llamada Reforma del 27, una nueva normativa socio-conductual que establece cómo deben comportarse hombres y mujeres en función de su sexo natal. Cualquier rasgo considerado ajeno a esos cánones puede ser penalizado y sancionado. En ese contexto, dos personas radicalmente diferentes quedan encerradas en un camerino durante lo que podría ser su última noche.
Ellos son Marga y Antonio.
Marga es una cabaretista descarada, irreverente y completamente alejada de los manuales de conducta impuestos por el régimen. Antonio, por el contrario, ha terminado sucumbiendo a esas mismas leyes. Trabaja como reclutador en el club clandestino donde ambos se esconden y representa, en cierto modo, la otra cara del conflicto: la de quien ha aprendido a sobrevivir adaptándose a las reglas.
El camerino de Marga se convierte así en mucho más que un espacio físico. Es un refugio, una frontera y un lugar de confrontación. Allí, lejos de las miradas del exterior, ambos personajes tendrán que enfrentarse a sus propias contradicciones y preguntarse cuánto de lo que son pertenece realmente a ellos y cuánto ha sido impuesto, aprendido o construido para poder sobrevivir.
La propuesta de Imízcoz juega precisamente con esa tensión entre personaje y persona. ¿Qué queda de nosotros cuando tenemos que esconder quiénes somos? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a renunciar a nuestra identidad para encajar? ¿Y qué sucede cuando aquello que durante años hemos aprendido a ocultar termina reclamando su lugar?
La música tiene un papel fundamental en ese viaje. El montaje incorpora versiones de canciones vinculadas al folclore y al pop español, con referencias a nombres tan reconocibles como Mecano, Isabel Pantoja, Marisol o Azúcar Moreno. No se trata únicamente de utilizar canciones conocidas como acompañamiento, sino de convertirlas en parte de la identidad de Marga y en un vehículo para expresar aquello que los personajes no siempre pueden decir con palabras.
El resultado es una mezcla de teatro, comedia y música con una estética deliberadamente atemporal, construida a través del vestuario de Paloma Sacaluga y el trabajo de maquillaje y peluquería de Ainhoa Diaz. La adaptación musical y el coaching corren a cargo de Pepe Alacid, mientras que Carlos Liberto y José Miguel Blanco dan vida a los dos protagonistas.
Pero Las cosas por su nombre no nace ahora. La obra ya pasó por la desaparecida sala Nueve Norte, donde permaneció durante cinco meses con localidades agotadas. Su llegada a los Teatros Luchana supone, por tanto, una nueva etapa para el montaje: una versión renovada que amplía el texto, incorpora nuevas escenas y personajes y profundiza en su dimensión musical.
El punto de partida de la obra tiene además una raíz personal. Manu Imízcoz explica que el espectáculo nace de una experiencia de rechazo y reconstrucción personal. Desde ahí construye un encuentro escénico que pretende ser crudo y honesto, pero también profundamente vivo. La idea es que dos personas situadas en lados diferentes de un conflicto puedan, durante una noche, dejar de esconderse.
Y ahí aparece una de las grandes preguntas que atraviesan la función: si poner nombre a las cosas puede servir para encerrarlas o, por el contrario, para liberarlas.
Porque el título no parece casual. Las cosas por su nombre habla de la necesidad de nombrar, reconocer y aceptar aquello que somos. Pero también de los peligros de una sociedad que pretende utilizar las etiquetas como mecanismos de control. En la España imaginada por la obra, definir qué puede ser un hombre y qué puede ser una mujer deja de ser una cuestión individual para convertirse en una herramienta de vigilancia.
Aunque la historia se desarrolla en una realidad ficticia, su planteamiento resulta incómodamente reconocible. El futuro cercano que propone la obra funciona como un espejo deformado en el que conceptos como identidad, libertad, miedo, aceptación y presión social adquieren una dimensión extrema.
Marga y Antonio son, en ese sentido, dos maneras diferentes de enfrentarse a un mismo sistema. Una se rebela. El otro se adapta. Una convierte su identidad en resistencia. El otro intenta sobrevivir ocultándola. Y ambos descubren que, pese a encontrarse en posiciones aparentemente opuestas, comparten el mismo miedo: desaparecer.
Ahí reside probablemente la esencia de Las cosas por su nombre. No es solamente una obra sobre identidad ni únicamente un espectáculo de cabaret. Es una historia sobre la libertad individual y sobre el precio que puede llegar a pagarse cuando una sociedad decide que ser diferente es peligroso.
Una obra para reír, para incomodarse y para hacerse preguntas. Una obra en la que una canción puede convertirse en una forma de resistencia y un camerino, en el último lugar donde dos personas pueden permitirse ser ellas mismas.
Porque quizá, cuando todo alrededor intenta decirnos quién debemos ser, lo más revolucionario sea precisamente eso: atreverse a ser quien uno es.
Las cosas por su nombre se estrena el 1 de octubre en los Teatros Luchana y podrá verse todos los jueves a las 20:00 horas hasta el 5 de noviembre. Una producción de La Inquieta Compañía, con texto y dirección de Manu Imízcoz y las interpretaciones de Carlos Liberto y José Miguel Blanco.

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