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Cita con… Félix Calvo

 

Hay historias que empiezan mucho antes de llegar al papel. Las palmeras, la primera novela de Félix Calvo, lleva años dando vueltas en la cabeza de su autor. Tanto, que su origen se remonta a un viaje en Interrail, a un hotel de Calais en el que una puerta sin cerrojo terminó convirtiéndose en la semilla de una historia de vampiros. Después llegarían otros escenarios, otras ideas y muchas vueltas hasta que Calvo encontró el lugar definitivo: aquel pequeño pueblo de playa en el que pasó parte de su infancia, situado en plena ruta del bakalao, un espacio que en su imaginación acabó convirtiéndose en su particular Santa Carla.

El resultado es una novela que viaja entre 1992 y 2020 para construir una historia en la que el terror, la aventura, el misterio y la nostalgia se encuentran. Dos momentos muy diferentes de nuestra historia reciente que, sin embargo, comparten algo: ambos están asociados a una serie de recuerdos colectivos que han dejado cicatrices. Los Juegos Olímpicos de Barcelona, la Expo de Sevilla o el caso Alcàsser conviven con el confinamiento, el COVID, la polarización social y esa sensación de fragilidad que todos experimentamos en 2020.

Pero Las palmeras es también una reivindicación del vampiro clásico. Frente a décadas de criaturas convertidas en objetos románticos, antihéroes o personajes destinados a conquistar al lector, Félix Calvo recupera al monstruo. Al vampiro de aspecto cadavérico, de tierra en las uñas y mirada muerta. Una criatura vinculada además a una de las grandes obsesiones que atraviesan la novela: el paso del tiempo. Mientras los personajes cambian, envejecen y pierden a personas por el camino, los vampiros permanecen.

En esta entrevista hablamos con Félix Calvo sobre el origen de Las palmeras, sus recuerdos de los años noventa, la relación entre terror y realidad, el confinamiento, sus referentes literarios y cinematográficos, el proceso de escribir una primera novela y, por supuesto, sobre los próximos proyectos que ya empiezan a tomar forma. Porque, aunque el autor reconoce que quiere volver a los vampiros, parece que antes nos llevará hasta las aguas de Entrepeñas en una historia que, según adelanta, se moverá entre Verne y Lovecraft.

Y hasta ahí podemos leer.


Las palmeras es tu primera novela. ¿En qué momento apareció la historia y qué fue lo primero que imaginaste: los personajes, los vampiros, el escenario o esa idea de contar la historia desde dos épocas diferentes?

Precisamente por ser la primera lleva mucho tiempo acompañándome en la cabeza y ha atravesado por muchas fases y escenarios, pero siempre con un nexo común: quería contar una historia de vampiros. La idea original surgió durante un Interrail con un amigo, hace muchos años, cuando acabamos en un hotel terrorífico de Calais, antes de cruzar a Dover. Tengo mala memoria, pero recuerdo un recepcionista que parecía sacado de una película de la Hammer, paredes pintadas de rojo, lo que ahora llaman red flags. Al llegar a la habitación descubrimos que no había cerrojo, no podía cerrarse la puerta y pensé: ya está, nos comen. Me pareció una buena idea, montar un hotel para alimentarse de dos gansos como nosotros, incapaces de organizar bien un viaje.

Luego la historia atravesó muchas idas y venidas, pasando por una universidad americana, un despoblado de Guadalajara, hasta que volví a veranear en el lugar de mi infancia y dije: es aquí. Un pequeño pueblo de playa, en mitad de la ruta del bakalao, que quizás por eso siempre me recordó a la Santa Carla de Jóvenes Ocultos. Luego el resto vino solo, quería reflejar esa nostalgia que me producía volver allí y descubrí que la mejor forma era desdoblando la historia y contándola desde más o menos el presente.

La novela viaja de 1992 a 2020, dos momentos muy distintos de nuestra historia reciente. ¿Por qué elegiste precisamente esos dos años y qué querías contar al enfrentar la mirada de quienes vivieron su juventud en los noventa con la de quienes llegaron a la edad adulta durante la pandemia?

En un principio, por cuestión de edad, había pensado en situarla en 1994, pero el 92 fue como un imán: los Juegos Olímpicos, la Expo, el caso Alcàsser. 2020 y 1992 son dos años con mucho peso en nuestra memoria, en nuestro inconsciente colectivo; como dicen en Doctor Who, dos puntos fijos en el tiempo, cada cual con sus cicatrices.

Y, a la vez, son dos momentos muy distintos. El primero casi podríamos decir que marca el final de nuestra juventud como país: esa apertura al mundo con Curro, Cobi, el All My Loving de Los Manolos; esa pequeña Belle Époque de los 80, que quizá hemos romantizado en exceso y que terminó con una gran traca antes de la crisis de los 90.

Luego llega 2020, que es como la primera vez que ves morir a un amigo de tu edad. Cuando apenas acabábamos de salir renqueantes de la crisis de 2008, nos enfrentamos de golpe a nuestra propia fragilidad. El COVID nos puso en nuestro sitio.

Los años noventa tienen una presencia muy importante en la novela. Hay música, televisión, cómics, lugares, acontecimientos y toda una forma de entender el ocio que hoy parece casi de otra época. ¿Qué parte de esa ambientación nace de tus propios recuerdos y qué parte necesitaste reconstruir para trasladar al lector a aquel momento?

Un poquito de ambas, todos los recuerdos de la playa son reales: las cabinas de teléfono, el cine de verano, la tienda de plásticos, sus cómics, el ultramarinos de la señora Hortensia, el club Babalà… también esos olores, esa luz que tiene Valencia, el olor a humedad, la leche con galletas. Son reconocibles porque son reales y, como periodista, con mis limitaciones, he tratado de trasladarlo al papel. Luego hay detallitos que he tenido que buscar, como las películas de aquel verano, la programación de aquel verano o los tiempos de la antorcha recorriendo el país. Como curiosidad, en los cómics en concreto, hago referencia a dos que, sin ser obras maestras, se me quedaron en la memoria y que en los últimos años pude recuperar bien a través de coleccionistas, bien con una nueva edición: Superman vs Omac y un Spiderman de Todd McFarlane.

El vampiro ha cambiado muchísimo en la ficción: de monstruo a criatura romántica, antihéroe o incluso personaje simpático. Tú apuestas por recuperar una visión mucho más clásica. ¿Qué significa para ti un vampiro y qué crees que hemos perdido del personaje original?

El vampiro es mi monstruo favorito desde antes de ser consciente de que pudiera tener un monstruo favorito. Creo que lo relaciono con el paso del tiempo, que siempre ha sido mi mayor temor; no por mí, sino por mis seres queridos. El vampiro está condenado a la eternidad, una eterna juventud que desde fuera puede embelesar, pero debe ser terrible: “morir, estar realmente muerto, debe ser glorioso”, decía el Drácula de Lugosi.

Y creo que, precisamente desde los 90, con Gary Oldman, Tom Cruise, Ángel en Buffy y luego Edward Cullen, nos hemos dejado engatusar por esa ilusión romántica de la eterna juventud. Pero me apetecía recuperar ese vampiro de color gris azulado como en Salem’s Lot, ese olor a tierra mojada en las uñas del monstruo y esa mirada muerta de los vampiros de la Hammer. Disfruto como el que más de casi cualquier historia de vampiros, pero quería recuperar a ese granjero andrajoso que vuelve de la tumba según las leyendas.

En Las palmeras, los vampiros no son únicamente criaturas sobrenaturales, sino que existe una relación entre ellos y el mal que generan los propios seres humanos. ¿Hasta qué punto utilizas el elemento fantástico para hablar de problemas que, en realidad, son completamente reales?

Las buenas historias de terror, no digo que la mía lo sea, vaya, pero las buenas historias de terror siempre han servido para eso. El mundo es un lugar maravilloso, pero también terrible. Mientras escribía la novela me llegó la noticia de los millonarios que habrían pagado por cazar seres humanos en la Guerra de los Balcanes. Terrible. Las desapariciones de Alcàsser, la isla de Epstein, nuestra vida sigue y nos vamos de barbacoa a la piscina mientras no nos cruzamos con esa clase de monstruos, pero están ahí y son de verdad. Creo que en la novela lo comparo con mirar el cielo azul: nos permite seguir con nuestro día a día sin angustiarnos con la inmensidad del Universo estrellado y lo que pueda esconder. Como bañarnos en alta mar sin preocuparnos de lo que hay en la profundidad acechando.

Hay una idea muy potente en la novela relacionada con el paso del tiempo: los personajes cambian y envejecen, mientras que los vampiros permanecen. ¿Era desde el principio una de las ideas centrales de la historia o apareció mientras escribías?

Surgió naturalmente, pero creo que era inevitable por lo que he comentado de la propia idiosincrasia del vampiro y mi temor por el paso del tiempo. Para ser sinceros, la idea central era simplemente divertirme con una historia de vampiros, pero, claro, según va desarrollándose la historia vas dejando parte de ti en ella. Supongo que es también parte del reflejo de esa sensación de volver a Las Palmeras, siendo adulto, y enfrentar el recuerdo de algunos lugares que permanecen con otros que han cambiado o el recuerdo de las personas que ya no están. Imagino que todos hemos soñado alguna vez con algún familiar o amigo difunto, que aparece como si tal cosa en nuestra vida cotidiana y algo dentro de tu cabeza te genera esa incomodidad de saber que no puede ser real.

El confinamiento de 2020 puede parecer, por sí mismo, el escenario perfecto para una historia de terror. ¿Te resultó difícil escribir sobre un periodo que todos tenemos tan reciente o precisamente esa cercanía fue lo que te permitió utilizarlo como elemento narrativo?

Debo confesar que las fechas tuve que buscarlas y rebuscarlas porque tengo una memoria terrible para esas cosas. De hecho ya he vuelto a olvidar los tiempos en sí, pero no así las sensaciones. Las sensaciones, ese miedo en el ambiente, esa extrema polarización incluso entre amigos y vecinos, recuerdo aquello perfectamente. Es un momento de nuestra historia que si nos lo cuentan, no nos lo creemos. A veces todavía parece ciencia ficción que nos confináramos, que hubiera un virus mortal sin vacuna ni tratamiento, militares por las calles, el mundo paralizado… De hecho con eso también intento jugar en la novela, con nuestra capacidad para sobrellevar e incluso olvidar las cosas malas.

La novela mezcla terror, aventura, misterio, nostalgia e incluso elementos como los viajes astrales. ¿Cómo se consigue que una historia con tantos ingredientes mantenga el equilibrio sin que ninguno termine comiéndose a los demás?

Lo primero: mil gracias. Me alegra mucho que la encuentres equilibrada porque el único secreto son muchos borradores. Por un lado quería divertirme mucho, como fan del terror y los vampiros, pero por otro no quería que pareciera aquello una presentación en PowerPoint o WordArt usando todos los efectos, colores y fuentes disponibles. Así que primero me puse muy disfrutón y luego muy periodista para ir ajustando poco a poco la historia, como hubieran hecho mi profesor de Redacción, Homero Valencia, o mi primer jefe, Txema Ybarra, conmigo.

En la novela aparecen referencias a acontecimientos y fenómenos muy reconocibles de la España de las últimas décadas, desde el caso Alcàsser hasta la Ruta del Bakalao o el boom inmobiliario. ¿Qué importancia tiene para ti que el terror ocurra en escenarios y dentro de acontecimientos que el lector reconoce como propios?

Por un lado me daba un poco de miedo, porque si no entras puede adquirir en cierto modo un rasgo de caricatura: llamarse Demetrio o Nacho parece que viste menos que llamarse Tim o Eddy. Pero creo que precisamente también era más auténtico y, como dices, reconocible. Al fin y al cabo, si yo hacía Santa Carla un poco mía al compararla con Las Palmeras de pequeño, es porque buscaba esa credibilidad en mi cabeza. Guadalajara es, además, una provincia preciosa y muy desconocida que puede acoger cientos de historias de terror, desde los bosques de la Sierra Norte a las aguas de Entrepeñas, pasando por las grutas y piedras de Brihuega.

Tus referentes pasan por autores y obras muy vinculados al terror y a la aventura juvenil. ¿Qué libros, películas o autores te han acompañado durante la escritura de Las palmeras y cuáles recomendarías a alguien que termine tu novela y quiera seguir explorando ese tipo de terror?

Dejando de lado Drácula o Salem’s Lot o Jóvenes Ocultos, porque no creo que vaya a descubrírselas a nadie, una historia que me encanta desde pequeño son Las Crónicas Necrománticas de Brian Lumley, sobre todo las dos primeras. Ahora estoy leyendo American Vampire, el primer tomo del cómic, pero si se quiere profundizar un poco más en el vampirismo: Vampiros, Príncipes Del Abismo, de Juan Antonio Sanz, y El Gran Libro de los Vampiros, de Ángel Gordon. Hay un documental en Youtube al que me encanta volver por su estética, su música y sus historias que es En busca de Drácula, emitido en su momento por Documentos TV en La 2.

En cine los amantes de los vampiros clásicos hemos atravesado un año fantástico con Sinners, Abigail y Nosferatu, pero en pandemia precisamente salió también Sangre vurdalak y antes una muy divertida Bloodsucking Bastards. Podría pasarme el día hablando de vampiros, así que termino con un clásico: El Club de los Vampiros (Bordello of Blood), una película de Cuentos de la Cripta.

Después de terminar una primera novela siempre queda la sensación de haber aprendido muchísimo durante el proceso. Si hoy tuvieras que volver a escribir Las palmeras desde cero, ¿hay algo que harías de una manera completamente diferente?

Perder el miedo al primer borrador, lo importante es avanzar, sin vergüenza al qué dirán porque nadie va a leerlo y no tiene que ser perfecto. Lo más importante es acabar el núcleo de la historia, luego puedes enriquecerla, atar cabos, añadir contexto que surja y después pulir.

Y para terminar: después de escribir Las palmeras, ¿qué te apetece contar ahora? ¿Volverías al terror, continuarías explorando el universo de los vampiros o tienes ganas de alejarte completamente de ellos y sorprendernos con otra historia?

En algún momento, más pronto que tarde, por supuesto que quiero volver a los vampiros, pero creo que era importante buscar otros derroteros y estoy trabajando en una historia, con suerte para el año que viene, más a caballo entre Verne y Lovecraft, ambientada en las aguas de Entrepeñas. Y hasta ahí puedo leer, como decían en el 1, 2, 3, en parte por no avanzar demasiado y en parte porque quién sabe cómo terminará siendo la historia, claro. Pero cuando termine la segunda novela me gustaría volver al vampirismo, porque como escritor lo disfruto y como lector, no abundan las novelas de vampiros fuera del romance.


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