Hay algo reconfortante en encontrarse con una novela que no tiene miedo de ser, sencillamente, una novela de terror. Sin etiquetas complicadas, sin necesidad de justificar demasiado el género y sin convertir cada página en un ejercicio de solemnidad. Las palmeras, de Félix Calvo, recupera el gusto por las historias de vampiros, desapariciones y adolescentes metidos en problemas que probablemente les quedan demasiado grandes.
Y lo hace mirando constantemente hacia atrás.
La historia arranca en 1992, en Cullera. Un grupo de chavales disfruta de ese verano que, visto desde la distancia, parece pertenecer a otra vida: playa, amigos, primeros amores, cómics, vacaciones y muchas horas por delante. Pero algo empieza a alterar esa tranquilidad. Hay desapariciones y, poco a poco, aquello que parecía una aventura de verano comienza a adquirir un tono bastante más oscuro.
Casi treinta años después, la novela nos lleva hasta 2020. El escenario ya no es el mismo. Estamos en pleno confinamiento y dos amigas de la infancia vuelven a ponerse en contacto. Una de ellas empieza a sospechar que su vecino puede estar relacionado con una serie de acontecimientos que no tienen una explicación demasiado lógica.
A partir de ahí, Félix Calvo va uniendo ambas historias hasta descubrir que aquel verano de 1992 no quedó realmente atrás.
Uno de los aspectos que más llaman la atención de Las palmeras es precisamente esa conexión entre dos épocas tan diferentes. Los noventa están muy presentes y el autor aprovecha para introducir numerosos elementos reconocibles de aquellos años. La Ruta del Bakalao, el boom inmobiliario, los cómics, la televisión, los acontecimientos que marcaron a toda una generación… incluso el caso Alcàsser aparece como parte de ese contexto.
No es una ambientación puesta simplemente para que el lector diga aquello de “qué recuerdos”. Los años noventa tienen también una parte bastante oscura y esa es la que interesa a la novela. Porque recordar aquella época desde el presente es fácil, pero vivirla fue otra cosa.
Y ahí entra uno de los temas que mejor funcionan en el libro: el paso del tiempo.
Los protagonistas de 1992 crecen. Sus vidas cambian y aquello que parecía importante cuando eran adolescentes deja de serlo. Mientras tanto, los vampiros siguen ahí. Ellos no envejecen como nosotros. Permanecen.
La comparación es bastante evidente, pero funciona.
Hay algo inquietante en comprobar cómo cambia una persona a lo largo de treinta años mientras aquello que parecía formar parte de una pesadilla de juventud puede seguir esperando en algún lugar.
Además, el autor no utiliza el vampiro únicamente como una criatura sobrenatural. En Las palmeras, estas criaturas se alimentan del mal que generan los propios seres humanos. Y eso permite que la novela introduzca asuntos bastante más cercanos a nuestra realidad: corrupción, especulación, odio, polarización, desinformación o esa facilidad que tenemos para convertir el miedo en algo colectivo.
El planteamiento resulta especialmente interesante porque hace que el monstruo no sea completamente ajeno a nosotros. No aparece de otro mundo. Crece en un entorno que conocemos perfectamente.
Y luego está 2020.
Probablemente sea uno de los elementos que más curiosidad despierta de la novela. Utilizar el confinamiento como escenario para una historia de terror tiene algo especialmente reconocible para cualquiera que viviera aquellos meses. Las calles vacías, los vecinos convertidos en desconocidos, la sensación de estar encerrados y la incertidumbre constante forman un escenario que, sin necesidad de añadir vampiros, ya tenía bastante de pesadilla.
Calvo aprovecha ese contexto para cambiar el tipo de miedo. En 1992 tenemos el miedo de unos chavales que todavía no saben muy bien cómo funciona el mundo. En 2020 encontramos a personajes adultos que ya deberían tener muchas más respuestas, pero que vuelven a encontrarse con algo que no pueden explicar.
Ese contraste funciona bien.
También ayuda que Las palmeras no intente ocultar sus referentes. Hay mucho del terror y la aventura que algunos lectores vivimos durante nuestra adolescencia. Stephen King, R. L. Stine, Jóvenes ocultos o La calle del terror forman parte de ese imaginario y se nota que Félix Calvo conoce bien ese tipo de historias.
Pero lo más interesante es que lleva todo eso a un escenario muy reconocible.
No estamos en una pequeña población perdida de Estados Unidos.
Estamos en Cullera.
En Guadalajara.
En una España que conocemos.
Y eso siempre añade una cierta cercanía al terror.
Porque resulta mucho más sencillo pensar que algo extraño puede ocurrir en una ciudad ficticia que imaginar que puede pasar en ese edificio abandonado que hemos visto mil veces al pasar por una carretera.
La novela tampoco pretende reinventar el género vampírico. Y creo que ahí está parte de su encanto. En un momento en el que parece que todo tiene que aportar una nueva vuelta de tuerca, Las palmeras recupera elementos muy clásicos y los utiliza para contar una historia de aventuras y terror.
Hay misterio, desapariciones, personajes jóvenes, criaturas sobrenaturales y bastante nostalgia.
Pero también hay una intención clara de hablar del mundo que tenemos alrededor.
El mal, en esta historia, no aparece de la nada. Ya estaba allí.
Quizá esa sea una de las ideas que más peso tienen cuando terminas el libro.
Porque los vampiros son terroríficos, sí. Pero algunos de los elementos que aparecen alrededor de ellos resultan bastante más reconocibles. La corrupción, la especulación, la violencia, el odio o la facilidad con la que podemos dejarnos llevar por el miedo no necesitan ningún elemento sobrenatural para existir.
Y probablemente por eso la novela funciona mejor cuando combina las dos cosas.
El monstruo fantástico y el monstruo real.
La nostalgia y el miedo.
1992 y 2020.
La infancia y la edad adulta.
En cuanto al ritmo, Las palmeras apuesta claramente por una lectura entretenida. No es una novela que pretenda detenerse constantemente para hacer grandes reflexiones. La historia avanza y van apareciendo nuevos elementos que hacen que quieras saber cómo encajan las piezas.
Eso también puede ser una de sus virtudes. Hay autores que necesitan explicar constantemente qué quieren contar. Aquí el lector puede quedarse con la aventura y, si quiere, profundizar después en todo lo que hay detrás.
Porque debajo de los vampiros hay bastante más.
Hay una mirada a una generación que creció en los noventa y que, treinta años después, se encontró encerrada en casa viendo cómo el mundo cambiaba de golpe.
Y quizá sea precisamente esa conexión entre ambas épocas lo que termina dando personalidad a la novela.
Las palmeras no pretende convertir el vampiro en algo nuevo. Lo devuelve a un terreno que conocemos bien y lo utiliza para hablar del miedo, de la nostalgia y del paso del tiempo.
Es una novela para quienes disfrutan del terror sin demasiadas complicaciones, para quienes crecieron con las historias de monstruos de los ochenta y noventa y para quienes disfrutan reconociendo lugares, referencias y acontecimientos dentro de una historia fantástica.
También para aquellos lectores que piensan que los vampiros han perdido parte de su gracia entre tanta historia romántica.
Aquí vuelven a ser lo que deberían ser.
Una amenaza.
Y quizá, después de todo, esa sea la mejor forma de recuperar el placer de pasar miedo.
Valoración: 8/10
Las palmeras es una novela de terror y aventuras con mucho sabor noventero que funciona especialmente bien cuando mezcla nostalgia y oscuridad. Félix Calvo construye una historia de vampiros clásica en su planteamiento, pero la sitúa en escenarios y acontecimientos muy cercanos para conseguir que lo sobrenatural no resulte tan lejano.
Una lectura entretenida, especialmente recomendable para quienes todavía recuerdan aquellos veranos interminables y las historias que conseguían que mirásemos debajo de la cama antes de dormir.

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