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Madonna vuelve a confesarse en la pista de baile y firma su mejor disco en dos décadas

 

‘Confessions II’ no intenta repetir el milagro de 2005: lo utiliza como punto de partida para que Madonna ajuste cuentas con su pasado, con sus pérdidas y, sobre todo, consigo misma

Había un riesgo enorme detrás de Confessions II. Probablemente más del que Madonna estaría dispuesta a reconocer públicamente. Poner la palabra Confessions en la portada de un nuevo disco significaba enfrentarse directamente a uno de los trabajos más celebrados de su carrera, aquel Confessions on a Dance Floor que en 2005 convirtió la pista de baile en una experiencia continua, hedonista y casi religiosa. Veintiún años después, Madonna podría haber elegido el camino fácil: desempolvar sintetizadores, recuperar una bola de discoteca y fabricar una secuela nostálgica para satisfacer a los seguidores que llevan años pidiéndole que «vuelva a ser la Madonna de antes».

Por suerte, Confessions II es bastante más inteligente que eso.

Desde los primeros segundos de I Feel So Free queda claro que Madonna ha vuelto a entender algo que durante algunos de sus últimos trabajos parecía haber olvidado: no necesita competir con nadie. No necesita perseguir el sonido del momento ni rodearse de veinte productores para demostrar que continúa siendo relevante. Aquí vuelve a encontrarse con Stuart Price y, sobre todo, parece reencontrarse consigo misma. El resultado es un disco cohesionado, pensado para escucharse prácticamente como una sesión ininterrumpida, donde las canciones se suceden y la música electrónica vuelve a ser algo más que un envoltorio.

Madonna baila, sí. Pero esta vez parece bailar con sus fantasmas.

Good for the Soul y One Step Away mantienen el pulso electrónico de un comienzo tremendamente efectivo. Hay house, ecos de la cultura de club y una producción elegante que nunca necesita explotar de forma gratuita. El disco respira. Crece. Se transforma. Y eso, en tiempos donde muchas canciones parecen diseñadas exclusivamente para sobrevivir quince segundos en una red social, resulta casi revolucionario.

Bring Your Love, junto a Sabrina Carpenter, es posiblemente uno de los momentos más evidentemente comerciales del álbum. Funciona, entra con facilidad y tiene todos los ingredientes para convertirse en una de las canciones más populares de esta etapa. Sin embargo, curiosamente, no es ahí donde Confessions II demuestra su verdadera fuerza. Madonna brilla mucho más cuando deja de mirar hacia fuera y comienza a mirar hacia atrás.

Y entonces llega Danceteria.

Aquí el disco cambia de dimensión. Madonna regresa mentalmente al Nueva York de sus comienzos, a los clubes, a los artistas y a una generación que convirtió la noche en refugio y laboratorio creativo. Pero no lo hace desde la caricatura nostálgica. No escuchamos a una estrella multimillonaria disfrazándose de joven rebelde. Escuchamos a una mujer de 67 años recordando a la chica que fue y preguntándose, quizá, cómo demonios consiguió sobrevivir a todo aquello.

Ese diálogo entre la Madonna del presente y todas las Madonnas que han existido anteriormente atraviesa el álbum. Read My Lips, Everything y Love Sensation mantienen viva la pista de baile, pero debajo del ritmo existe una sensación extraña de urgencia. Como si bailar ya no fuese una celebración de juventud sino una declaración de supervivencia.

Everything es especialmente arrolladora. Hay rabia en ella. Una energía casi física que recuerda que Madonna siempre ha sido mucho más interesante cuando está enfadada que cuando intenta resultar simpática. La producción transforma esa furia en movimiento y vuelve a aparecer una de las grandes ideas del disco: utilizar el cuerpo para procesar aquello que las palabras no saben explicar.

No todo funciona con la misma intensidad. Bizarre, producida junto a Martin Garrix, tiene una factura impecable y un evidente potencial masivo, pero por momentos resulta demasiado consciente de su condición de gran producción electrónica. Es uno de esos temas que probablemente crecerá sobre un escenario, acompañado de luces, pantallas y veinte mil personas gritando, aunque dentro del relato del álbum parece perder parte de la intimidad que hace especial al conjunto.

El verdadero golpe emocional de Confessions II llega en su segunda mitad.

Fragile es Madonna sin demasiados escudos. La pérdida, la familia y las heridas que nunca terminaron de cerrarse aparecen sobre una base que continúa invitando al movimiento. La contradicción es maravillosa: quieres bailar mientras alguien te está hablando de dolor. Pero precisamente ahí reside la esencia de las mejores canciones de Madonna. Ya lo hizo antes. Convertir la tragedia en ritmo, la culpa en melodía y el miedo en una coreografía.

My Sins Are My Savior posee uno de los títulos más profundamente madonnianos de toda su discografía y también una de las ideas más interesantes del álbum. Madonna nunca ha pedido perdón demasiado bien. En realidad, nunca lo ha necesitado. Aquí abraza sus errores, sus contradicciones y esa capacidad casi sobrenatural para incomodar incluso cuando aparentemente no está haciendo nada. Sus pecados no son una carga: son parte de la arquitectura del personaje y de la mujer.

Pero si hay una canción que obliga a detenerse emocionalmente es The Test. La colaboración con su hija Lourdes Leon podría haber quedado reducida a una curiosidad familiar, pero termina convirtiéndose en uno de los momentos más íntimos del disco. Hay algo casi incómodo en escuchar a Madonna bajar la guardia. Durante décadas hemos conocido a la provocadora, la empresaria, la superviviente, la madre, la pecadora y la santa. Aquí simplemente parece humana.

Y quizá esa sea la mayor confesión de todas.

El cierre con L.E.S. Girl es precioso. Melancólico, contenido y lleno de memoria. Madonna vuelve al Lower East Side, al hambre, a la incertidumbre y a aquella chica que todavía no sabía que terminaría convirtiéndose en Madonna. No necesita un gran final explosivo. Después de más de una hora de música, la reina del pop parece sentarse junto a su propio pasado y observarlo.

Confessions II no tiene un Hung Up. Tampoco creo que lo necesite. Quien busque un sencillo gigantesco capaz de dominar las listas durante semanas quizá termine decepcionado. Este es un álbum que funciona mucho mejor como obra completa que como colección de canciones independientes. Y sí, posiblemente le sobren algunos minutos. Su tramo final exige más atención y el ritmo pierde parte de la electricidad inicial. Pero incluso esos defectos parecen menores ante la sensación de estar escuchando, por primera vez en mucho tiempo, un disco de Madonna con una dirección artística completamente definida. Una percepción compartida por buena parte de las primeras críticas internacionales, que hablan de su trabajo más vital y consistente en aproximadamente dos décadas. (Pitchfork⁠)

Después de Hard Candy, MDNA, Rebel Heart y Madame X, Madonna parecía empeñada en demostrar constantemente que seguía entendiendo el presente. En Confessions II ocurre exactamente lo contrario. Ha dejado de pedir permiso al presente y ha comprendido que buena parte de la música electrónica y el pop actual crecieron sobre pistas que ella ayudó a construir.

Hay ecos de Ray of Light. Hay sombras de Bedtime Stories. Evidentemente, está el espíritu de Confessions on a Dance Floor. Pero Confessions II no vive exclusivamente de ninguno de ellos. Es el sonido de una artista reconciliándose con su legado sin convertirse en una pieza de museo.

Madonna ha regresado a la pista de baile.

La diferencia es que esta vez no ha venido únicamente a hacernos bailar.

Ha venido a recordar quién era, aceptar quién es y demostrar que, después de más de cuatro décadas de carrera, todavía le quedan confesiones que hacer.

Valoración: 9/10


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