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Cita con… Paloma Rivas

 

La psicóloga sanitaria y neuropsicóloga Paloma Rivas regresa al thriller psicológico con El retablo del alma, una novela en la que arte, ciencia, espiritualidad, memoria y los grandes dilemas de la condición humana se entrelazan en una trama de alcance internacional. La autora recupera a Lis de la Serna, protagonista de Los versos sueltos del Edén, para conducir al lector por una historia donde comprender la mente humana puede resultar tan importante como descubrir la verdad.

Hay novelas que construyen su misterio alrededor de un crimen y otras que utilizan el crimen como una puerta de entrada hacia lugares mucho más incómodos. El retablo del alma pertenece a este segundo grupo. Paloma Rivas vuelve a adentrarse en los terrenos del thriller psicológico con una historia ambiciosa, cargada de simbolismo y preguntas, en la que el suspense convive con la neurología, el arte y la eterna necesidad del ser humano de encontrar un sentido a su propia existencia.

La historia comienza con una imagen difícil de olvidar: una fotografía escondida en el interior del cráneo de un cadáver localizado en Noruega. A partir de ese inquietante hallazgo se despliega una investigación que atraviesa distintos escenarios de Europa y conduce al lector por Noruega, Málaga, Roma, el Vaticano y Viena. Sin embargo, bajo la arquitectura del thriller late una reflexión mucho más profunda sobre los recuerdos, la identidad, las heridas emocionales y la manera en la que las experiencias terminan construyendo aquello que llamamos «yo».

En el centro de la novela vuelve a encontrarse Lis de la Serna, una protagonista alejada de los arquetipos habituales del género. No es policía, detective ni criminóloga. Es psicóloga. Una diferencia que permite a Paloma Rivas abordar el misterio desde otra perspectiva: no basta con conocer qué ha ocurrido, también es necesario comprender por qué las personas actúan como lo hacen. Vulnerable en su vida personal y, al mismo tiempo, extraordinariamente fuerte cuando debe acompañar el sufrimiento ajeno, Lis se convierte en el reflejo de muchas de las contradicciones que definen al ser humano.

La experiencia profesional de Rivas como psicóloga sanitaria y neuropsicóloga impregna la construcción de sus personajes y de un universo literario donde la salud mental no funciona como un simple recurso argumental. La autora dirige la mirada hacia las personas, sus conflictos y sus contradicciones, planteando cuestiones relacionadas con la memoria, los límites éticos de la ciencia o la tensión entre aquello que podemos explicar racionalmente y esa dimensión espiritual que continúa formando parte de nuestra búsqueda de significado.

Tras el éxito de Los versos sueltos del Edén, Paloma Rivas consolida con El retablo del alma una voz propia dentro del thriller contemporáneo y continúa ampliando el universo de Lis de la Serna. En Tu Otra Alternativa hablamos con la autora sobre la creación de su protagonista, el simbolismo de la novela, su experiencia como psicóloga, los límites de la ciencia y el futuro de una historia que todavía tiene un último capítulo por contar.

Tras el éxito de Los versos sueltos del Edén, vuelves a contar con Lis de la Serna como protagonista. ¿Qué te llevó a recuperar este personaje y qué nuevas facetas descubrirán los lectores en esta segunda novela?

Lis es un personaje que llevaba mucho tiempo gestando. Quería construirla con calma, dotarla de profundidad y hacer que cada una de sus contradicciones tuviera sentido. Me parecía especialmente interesante que la protagonista de un thriller, un género en el que solemos esperar detectives, policías o criminólogos, fuera una psicóloga. Creo que eso aporta una mirada distinta al conflicto: en lugar de perseguir únicamente la verdad de los hechos, Lis intenta comprender la verdad de las personas.

Es un personaje construido sobre grandes dualidades. Es profundamente vulnerable en su esfera personal, pero encuentra una enorme fortaleza cuando acompaña el sufrimiento de sus pacientes. Esa tensión entre fragilidad y resistencia es, probablemente, uno de los aspectos que más la definen.

En esta segunda novela, además, siento que Lis ha evolucionado. Conserva su esencia, pero la experiencia y los acontecimientos vividos la obligan a enfrentarse a nuevos conflictos, a cuestionar algunas de sus certezas y a crecer tanto a nivel profesional como personal.

El retablo del alma combina thriller psicológico, investigación internacional, arte, espiritualidad y poder. ¿En qué momento supiste que querías unir todos estos elementos en una misma historia?

Siendo sincera, me resulta difícil responder a esta pregunta sin extenderme demasiado. Creo que el arte, la espiritualidad y la psicología son tres elementos que, al mezclarse, generan un caldo de cultivo extraordinario para construir una historia que vaya entretejiéndose como un tapiz hasta revelar, poco a poco, su significado final.

Los tres forman parte de mi vida cotidiana y de mi manera de entender al ser humano. Quizá por eso me resulta tan natural escribir en torno a estos conceptos. Más que utilizarlos como temas independientes, me interesa explorar cómo dialogan entre sí y cómo, al combinarse, permiten reflexionar sobre la identidad, la memoria, el sufrimiento y la búsqueda de sentido, que son, en el fondo, algunas de las grandes preguntas que atraviesan mis novelas.

La novela arranca con una imagen tan perturbadora como fascinante: una fotografía oculta en el cráneo de un cadáver hallado en Noruega. ¿Cómo nació esta escena y qué importancia tiene como detonante de toda la trama?

Es una escena cargada de simbolismo. Los romanos incineraban a sus muertos como un rito de purificación y tránsito hacia una nueva existencia; el agua representa el bautismo y la posibilidad de renacer, mientras que la extracción del sistema límbico funciona como una metáfora de la supuesta separación del alma del cuerpo.

En cuanto a Noruega, me parecía el escenario perfecto para iniciar un thriller: un país de escasa densidad de población, donde el bosque acaba devorándolo todo y la naturaleza impone una sensación constante de aislamiento. Además, viví allí durante una temporada, en una localidad muy cercana a Jessheim, lo que me permitió conocer de primera mano esa atmósfera tan particular.

Como psicóloga sanitaria y neuropsicóloga, ¿de qué manera influye tu experiencia profesional en la construcción de personajes complejos y en los conflictos mentales que aparecen en tus novelas?

Sin mis conocimientos en psicología no podría escribir estas novelas. Con ello no quiero decir que alguien que no sea psicólogo no tenga la capacidad de profundizar en el ser humano o de escribir un buen thriller. En mi caso, simplemente, la psicología constituye la base sobre la que construyo personajes complejos y verosímiles, marcados por las contradicciones, las vulnerabilidades y los conflictos que forman parte de la condición humana.

Podría decir, de hecho, que lo que vivimos en consulta suele superar con creces a la ficción. Aunque este thriller arranca con una premisa deliberadamente llamativa e incluso algo extravagante, el verdadero motor de la historia no es el crimen, sino la psicología de quienes lo protagonizan.

Uno de los temas centrales del libro es la memoria. ¿Crees que los recuerdos nos definen más que nuestras propias decisiones? ¿Qué te interesaba explorar a través de esta reflexión?

Nuestros recuerdos desempeñan un papel fundamental en la configuración de nuestra conducta. Aprendemos a relacionarnos con el entorno y a responder a él a partir de las experiencias previas, de aquellos comportamientos que en el pasado tuvieron éxito o fracasaron. No diría que la memoria o el pasado determinen por completo quiénes somos o cómo actuamos en el presente, pero sí constituyen un poderoso condicionante.

Me interesaba explorar precisamente esa idea: que la memoria nos construye, moldea nuestra identidad y nos permite adaptarnos al mundo, pero también puede convertirse en una fuente de sufrimiento. Del mismo modo que el amor, tiene la capacidad de salvarnos o de destruirnos.

El arte tiene un papel fundamental en la novela y prácticamente se convierte en un personaje más. ¿Qué simboliza para ti el arte dentro de El retablo del alma y por qué decidiste otorgarle un papel tan relevante?

Para mí, el arte es una de las formas más elevadas de expresión del ser humano y, sin duda, uno de los medios más eficaces para dejar constancia de nuestras emociones, pensamientos y vivencias a lo largo de la historia. Cada obra funciona como una fotografía emocional: cuenta una historia, captura un instante y lo preserva más allá del tiempo.

El profesor Julius Schneider, por ejemplo, es un personaje neurodivergente que expresa sus emociones con mucha más precisión a través del arte que mediante las palabras. Paradójicamente, es un gran orador desde el punto de vista intelectual, pero profundamente ineficaz cuando se trata de comunicar su mundo emocional. Ahí reside una de las grandes contradicciones del personaje.

La historia transcurre entre escenarios tan distintos como Noruega, Málaga, Roma, el Vaticano y Viena. ¿Qué trabajo de documentación hubo detrás de estos lugares y cuál fue el más complejo de recrear literariamente?

El trabajo de documentación me llevó más de un año, desde que empecé a planificar la escaleta de la novela hasta que terminé el primer borrador. Y, en realidad, ese proceso nunca se detuvo: incluso mientras escribía seguí investigando y contrastando información para dotar de mayor solidez a la historia.

He tenido, además, la suerte de viajar a prácticamente todos los lugares que aparecen en la novela, algo que facilita enormemente la construcción de los escenarios y permite describirlos con mayor autenticidad. Por otro lado, muchos de los acontecimientos que se narran y que se sitúan en torno al año 2013 están inspirados en hechos reales, lo que aporta una capa adicional de verosimilitud al relato.

La obra plantea una tensión constante entre ciencia y espiritualidad. Como profesional de la salud mental, ¿consideras que son conceptos enfrentados o crees que pueden complementarse para explicar aquello que todavía no comprendemos?

Considero que somos las personas quienes establecemos ese enfrentamiento, cuando en realidad no se trata de dos conceptos opuestos, sino de dos caras de una misma moneda. Sabemos todavía muy poco sobre el cerebro humano y sobre la espiritualidad —entendida no como religión, sino como una dimensión intrínseca del ser—. El ser humano necesita otorgar significado a su vida, encontrar un sentido que lo aleje de la sensación de vacío.

Por eso, me parece poco probable que algún día podamos localizar el «alma» en una región concreta del cerebro, como quien encuentra la sal en un estante de la despensa. Sin embargo, sí creo que nuestra experiencia cognitiva y emocional trasciende lo puramente pragmático: pensamos, sentimos, simbolizamos y buscamos sentido constantemente.

En la novela aparecen cuestiones relacionadas con la neurología, la identidad y los límites del conocimiento humano. ¿Hasta qué punto te interesa explorar los dilemas éticos de la ciencia a través de la ficción?

Es un tema que me interesa muchísimo, aunque también me preocupa. Tengo la sensación de que los límites éticos se cruzan con demasiada frecuencia y que, probablemente, seguirán haciéndolo. La ambición humana, en ocasiones, avanza más deprisa que la reflexión moral y no siempre se detiene a valorar las consecuencias de determinados avances.

Es una cuestión muy delicada y, por supuesto, esta es únicamente mi opinión personal. Hay prácticas con las que no me siento cómoda, como la gestación subrogada o la posibilidad de seleccionar determinadas características de un donante de semen, como el color de los ojos, en un proceso de fecundación in vitro. Creo que, en algunos ámbitos, corremos el riesgo de asumir un control sobre la vida que nos lleva a difuminar la frontera entre lo técnicamente posible y lo éticamente aceptable.

Algo similar ocurre con la sustitución de personas por máquinas en determinados puestos de trabajo. El progreso científico y tecnológico ha mejorado nuestras vidas de manera extraordinaria, pero no todo aquello que somos capaces de hacer implica necesariamente que debamos hacerlo.

Para mí, el verdadero reto no consiste únicamente en seguir avanzando, sino en preguntarnos continuamente hacia dónde queremos avanzar y cuáles son los límites que estamos dispuestos a preservar como sociedad. En ese sentido, considero que la ciencia necesita caminar de la mano de la ética. Sin ese diálogo permanente, algunos avances pueden acabar situándonos en un terreno moral profundamente complejo.

El título, El retablo del alma, resulta especialmente evocador. ¿Qué significado encierra para ti y por qué consideraste que representaba mejor que ningún otro la esencia de la novela?

Son composiciones visuales que narran una historia, ordenan una sucesión de acontecimientos y construyen un discurso a través de las imágenes. En ese sentido, el Retablo del alma representa la historia de un individuo: la composición de experiencias, recuerdos, emociones y heridas que, superpuestas con el paso del tiempo, terminan configurando aquello que entendemos como el «yo».

La visión es, probablemente, uno de los sentidos más poderosos en la construcción de nuestra realidad. Gran parte de la forma en que comprendemos el mundo y nos comprendemos a nosotros mismos nace de las imágenes que percibimos y de aquellas que conservamos en la memoria.

Igual que un retablo organiza escenas para otorgarles un significado conjunto, nuestra mente ordena las experiencias vividas para construir una identidad y dotar de sentido a nuestra propia existencia.

Has sido reconocida por tus cuentos infantiles y ahora te estás consolidando dentro del thriller literario para adultos. ¿Qué diferencias encuentras entre escribir para un público infantil y construir historias de suspense psicológico cargadas de tensión y simbolismo?

Sinceramente, me siento más cómoda escribiendo historias dirigidas a un público adulto, aunque eso implique una mayor dedicación y un proceso creativo más exigente. La literatura infantil es un género extraordinariamente complejo: captar la atención de un niño ya supone un reto, y lo es aún más cuando se pretende abordar temas delicados, como la prevención de los trastornos de la conducta alimentaria, precisamente el eje de mi primer cuento.

Sin embargo, a través de la narrativa para adultos siento que puedo alcanzar una mayor profundidad emocional y psicológica. Es un espacio que me permite desarrollar personajes más complejos, plantear dilemas humanos con mayor libertad y transmitir de una forma más completa mis conocimientos sobre salud mental.

Al final, más que escribir sobre trastornos psicológicos, me interesa escribir sobre las personas que conviven con ellos y sobre aquello que nos hace profundamente humanos.

Para finalizar, después de acompañar a Lis de la Serna en varias aventuras y de consolidar tu voz dentro del thriller contemporáneo, ¿qué te gustaría que se llevaran los lectores al cerrar la última página de El retablo del alma? ¿Y puedes adelantarnos algo sobre tus próximos proyectos literarios?

Mi próximo proyecto supondrá el cierre del círculo de la historia de Lis de la Serna. Será una continuación de Los versos sueltos del Edén y El retablo del alma, aunque concebida como una novela con identidad propia. Mi intención es que pueda disfrutarse de forma independiente, sin obligar al lector a haber leído las entregas anteriores para comprender la historia o conectar con sus personajes.

Al mismo tiempo, estoy trabajando en un nuevo manuscrito completamente ajeno al universo de Lis. Se trata de un proyecto diferente, con una historia, unos personajes y una atmósfera propios, que me permitirá explorar nuevos temas y registros narrativos sin abandonar el interés por la psicología y la complejidad del ser humano, que siguen siendo el eje de todo lo que escribo.


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