Con una narrativa directa y un tono ácido que encaja perfectamente con el título, la novela construye un retrato bastante reconocible de la sociedad actual. Redes sociales, automatización, recomendaciones infinitas y la sensación constante de estar siendo observados forman parte de un universo donde el algoritmo deja de ser una herramienta para convertirse casi en una entidad invisible que condiciona las decisiones de los personajes. Lo interesante de la propuesta es que no se limita únicamente a la crítica tecnológica, sino que utiliza ese contexto para hablar también de identidad, frustración y dependencia emocional.
Uno de los mayores aciertos del libro es precisamente su capacidad para resultar cercano. Muchas de las situaciones que plantea generan esa sensación incómoda de “esto podría pasar perfectamente”. La novela juega con la exageración, sí, pero siempre apoyándose en dinámicas reales del mundo digital contemporáneo. Ese equilibrio entre sátira y realidad hace que la lectura avance con facilidad y mantenga el interés constante.
El estilo de Pepe G. Pardo apuesta por un lenguaje accesible, dinámico y cargado de ironía. No busca una prosa excesivamente compleja, sino una lectura ágil que permita al lector sumergirse rápidamente en la historia. En ese sentido, el ritmo funciona especialmente bien en los momentos donde la crítica social se mezcla con escenas más absurdas o surrealistas, reforzando esa sensación de caos digital permanente.
También destaca el componente reflexivo que deja tras la lectura. Más allá del entretenimiento, ¡Puto algoritmo! plantea preguntas bastante actuales: ¿hasta qué punto nuestras decisiones son realmente nuestras? ¿Cuánto influyen las plataformas digitales en nuestra forma de relacionarnos? ¿Estamos perdiendo el control mientras creemos tenerlo todo personalizado? Son cuestiones que sobrevuelan toda la novela sin necesidad de caer en discursos excesivamente moralistas.
¡Puto algoritmo! no pretende ofrecer respuestas definitivas, pero sí poner delante del lector un espejo bastante reconocible de la sociedad hiperconectada en la que vivimos. Y quizá ahí reside precisamente su mayor acierto: hacernos reír mientras nos incomoda.

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