En un panorama literario cada vez más saturado de estímulos, novedades y fórmulas que buscan el éxito inmediato, El escritor de Raúl Sanz García se presenta como una obra incómoda, lúcida y profundamente crítica. A través de su protagonista, la novela no solo explora el proceso creativo, sino que también cuestiona el papel del escritor, el valor de la literatura y el sistema que la rodea.
Con una mirada irónica, a veces mordaz, Sanz García disecciona el ego, la mediocridad y la construcción artificial del “autor” contemporáneo. En esta entrevista, el escritor reflexiona sobre el estado actual del mundo literario, el peso del mercado y la necesidad —cada vez más urgente— de recuperar una voz propia.
El escritor aborda temas como la mediocridad, el ego y la búsqueda de sentido en un mundo saturado de ruido. ¿Qué te llevó a explorar estos conceptos desde la ficción?
Mi interés por estos temas se ha ido gestando a partir de mis contactos con el mundo editorial y cultural en general, y también por mis estudios sobre estética y teoría del arte. También por mi desasosiego ante una maquinaria de producción de alpiste para el entretenimiento que nos desborda por todas partes, que ilumina todos los rincones y los satura de ofertas y novedades.
El protagonista, José González, es un aspirante a escritor que se enfrenta a una especie de “epopeya literaria”. ¿Cuánto hay de autobiográfico o de reflexión personal en su historia?
Inevitablemente, toda literatura se construye a partir de las propias experiencias, lo cual no quiere decir que necesariamente tenga que ser autobiográfica. Aquí hay mucho de mi forma de ver el mundo, repartido por varios personajes, y también muchas anécdotas que me sirven para enriquecer la historia. La idea del expurgo universal, por ejemplo, viene de mi trabajo como bibliotecario y la visión de la acumulación de miles libros viejos, no muy lejana a la acumulación de las bibliotecas digitales con millones de pdfs. También me gusta que en mis historias haya ideas, pero que corran entre la acción, en las opiniones de los personajes, en conflicto con el mundo y sin cerrarse nunca. También ironizó con la idea de trama, tal como es concebida muchas veces para construir un producto literario para vender.
La novela parece cuestionar la figura del escritor y el propio acto de escribir. ¿Crees que hoy en día escribir sigue teniendo el mismo valor que antes o ha cambiado su significado?
Creo que, como toda actividad cultural, el acto de escribir se modifica en función de las condiciones de la época, y creo que influyen mucho las circunstancias materiales, tecnológicas y económicas. Hoy podríamos estar en la culminación de un proceso que yo llamo la “destrucción de las mediaciones”, ya no hay cánones o formas culturales locales o peculiares, el consumidor está en relación directa con el mercado mundial. De los cánones famosos propuestos por las culturas dominantes, hemos pasado al canon único del mercado global. En el caso de la literatura, casi podríamos hablar del “canon Amazon”, expandido por el mundo con todo tipo de tutoriales y cursillos que sirven para homogeneizar el estilo en una dirección única: vender. Y como los lectores se acostumbran a eso, al final se convierte en el perfil desde el cual todo se juzga.
En tu obra se percibe un tono crítico e incluso irónico hacia el mundo literario. ¿Es una crítica consciente al sistema editorial o más bien una mirada introspectiva hacia el creador?
Es una crítica muy consciente. También hay una mirada hacia el creador, pero no introspectiva, sino que pone en duda la misma idea, que la señala como un mito romántico vulgarizado muy conveniente para crear héroes del arte y de la sensibilidad. Por todas partes hay genios y creadores. Lo primero es declararse “creador”, para lo cual basta hacer cualquier cosa, y con un pequeño empujón de premios, buenas críticas y patrocinio, uno se convierte en genio.
¿Cómo construiste al personaje de Fermín Cerro y qué papel juega dentro del viaje del protagonista?
Fermín Cerro es el escritor que está en el núcleo del mundo literario y sabe cómo funciona. Es un romántico consciente de que lo es, de ahí su aspereza y su amargura, no puede conciliar sus ideales con el mundo real que le asquea, y a la vez se siente envenenado por esos ideales. Es el contraste del mediocre aspirante José González, y a la vez su aliado. A pesar de su abismal distancia, están abocados a encontrar puntos de encuentro. Ambos ven en el otro cosas que envidian, aunque no sepan o no quieran expresarlo, o lo expresen con desprecio.
Muchos lectores destacan la reflexión sobre el ego del escritor. ¿Crees que el ego es necesario para crear o es un obstáculo en el proceso creativo?
El ego es inevitable, pero es un arma de doble filo cuyos efectos se ven en combinación con otras cualidades. El proceso creativo requiere de oficio. Si uno se deja llevar por el ego, o por cosas peores como la idiotez, puede llegar a creerse que lo que ofrece merece la pena. Pero eso no lo decide uno mismo. Y si uno tiene oficio, y talento, y se deja llevar por el ego, corre el riesgo de tener éxito y convertirse en un personaje. El ego está bien si uno lo racionaliza, lo modera y lo pone a su favor en forma de orgullo, como combustible para sacar adelante sus proyectos.
En un panorama donde cada vez hay más autores emergentes, ¿qué opinas sobre la dificultad de destacar y encontrar una voz propia hoy en día?
Siempre me ha hecho gracia la idea de «autores emergentes», los artistas emergentes de las instituciones del arte contemporáneo o las antologías de poetas emergentes y novísimos. Desde esas categorías no hay voces propias, sino voces pasadas por los filtros de las instituciones culturales y la industria del ocio, que deciden qué es lo «novedoso» que hay que darle al público. Las voces propias se cultivan en soledad y se arrojan al océano para ahogarse o descubrir que lo que uno creía muy propio y singular no lo es. Todo el mundo tiene una voz propia, eso no asegura nada. Lo que hay que tener es una voz interesante. Y sobre destacar, obviamente es complicado. Internet está lleno de gente que vende consejos para destacar, muchas veces parece como si la obra fuera lo de menos. Yo prefiero poner mi esfuerzo en ella, y si destaca sin necesidad de pasear mi figura por ahí moviendo las caderas, mejor. Si no, pues nada.
Has trabajado diferentes registros y géneros en tu trayectoria. ¿Qué diferencia a El escritor de tus obras anteriores en cuanto a estilo o intención?
El tono irónico, el humor y el desenfado. Cosas que no cultivé en obras anteriores, salvo en algún relato, por cierta pretensión de profundidad. No quiere decir que haya renunciado del todo a esa pretensión, ni a las pinceladas de lirismo que me parece que conviven en esta novela, pero se han moderado en el conjunto de los diferentes niveles narrativos que la forman.
¿Qué te gustaría que el lector se cuestionara o sintiera al terminar la novela?
Hay muchos libros malos, pero también muchos buenos, ¿cuáles son los criterios para distinguirlos?, ¿los conoces tú o te importa un comino?, ¿por qué lees? Y si estas preguntas las consideran innecesarias o insidiosas, que al menos se rían un poco. Y si van más allá, que capten el tono romántico, melancólico y desencantado, pero feliz de reconocerse en estos sentimientos.
Si tuvieras que resumir El escritor en una idea o mensaje clave, ¿cuál sería y por qué crees que es relevante en el contexto actual?
No todo está en los libros, como decía la sintonía de cierto programa, pero los libros pueden ayudarte a enriquecer la mirada y la experiencia más allá de ellos. Hay que levantar los ojos del plástico y desechar los anhelos absurdos que nos meten en la cabeza.

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