En Sila, el origen del dictador, Álvaro Pavón inaugura una trilogía ambiciosa que no busca juzgar al personaje desde el mito, sino comprender al hombre antes del horror. A través de una recreación minuciosa y psicológicamente compleja, el autor nos conduce a la juventud de Sila: su marginalidad dentro de la aristocracia, su vida disoluta y las decisiones que terminarían marcando el destino de Roma.
Filósofo de formación, investigador y residente en Bruselas, Pavón construye una novela que dialoga tanto con la tradición clásica como con las inquietudes políticas contemporáneas. Conversamos con él sobre poder, moral, deseo y la peligrosa frontera entre la salvación del Estado y la tiranía.
Sila, el origen del dictador inicia una trilogía sobre una de las figuras más incómodas y decisivas de la Roma republicana. ¿Qué le llevó a elegir precisamente a Lucio Cornelio Sila como protagonista de su primera novela?
Lo escogí por muchos motivos. Para empezar, porque como bien decís es un personaje decisivo en la historia de Roma sin el que no se comprende el paso de República a Imperio, pero al mismo tiempo es comparativamente poco conocido, por no decir directamente desconocido para el gran público. Quien lo conoce, a menudo solo lo conoce como el tirano romano por antonomasia, cuando en realidad fue una persona tremendamente compleja, llena de contradicciones y atractiva en todos los sentidos. El retrato que Salustio dibuja de él en La guerra de Jugurta es novelesco a más no poder. Ahí había un filón.
Sila fue “el primer dictador en sentido pleno”, pero su figura ha quedado eclipsada por Julio César. ¿Cree que la historia ha sido injusta con él o que su sombra era inevitable?
Hay una escena en Espartaco de Stanley Kubrick en la que el personaje de Craso le recuerda al de Glabro que ningún general puede entrar en la ciudad a la cabeza de sus legiones. Cuando Glabro repone que Sila pudo, Craso exclama horrorizado: “Y fue la deshonra de su nombre. La eterna condenación de su linaje”.
El Craso histórico había luchado por Sila en la guerra civil, pero ello no hace este diálogo menos verosímil. La relación de las élites de Roma con Sila y su legado fue siempre incómoda y tensa: no hay duda de que le agradecían haberlas salvado de la aniquilación a manos de Mario y sus partidarios, pero los métodos empleados por Sila los mortificaban. A la larga, son los herederos de Mario los que ganan la nueva ronda de guerras civiles y terminan por instaurar el Imperio.
Para cuando Séneca dedica De Clementia a un joven Nerón, Sila es indudablemente un tirano de la peor especie en oposición al “clemente” Augusto. Todavía en el siglo XVI un pensador político tan importante como Bodino hace suya la opinión de Séneca. De hecho no es hasta entrado el siglo XX que se intenta rehabilitar un poco al personaje.
La novela se sitúa en una Roma convulsa, marcada por la violencia política, la corrupción y la tensión entre Senado y líderes populares. ¿Qué paralelismos encuentra entre aquella República en crisis y las democracias contemporáneas?
Decía Churchill que la diferencia entre el político y el estadista es que el primero piensa en las próximas elecciones y el segundo en las próximas generaciones. En mi novela ilustro una Roma llena de políticos, donde los estadistas brillan por su ausencia. Este es un paralelismo importante con nuestras democracias occidentales. Cuando los gobernantes no tienen incentivos para solucionar los problemas de fondo, estos se cronifican. Si no se les da una solución a tiempo, al final ocurre que ya no hay solución que no sea traumática.
Usted presenta a Sila “antes del mito y del horror”. ¿Qué le interesaba más: el personaje histórico o el ser humano que aún no sabe en qué se convertirá?
Me interesa la persona compleja que toma una serie de decisiones que resultarán fatídicas, y cómo llega ahí. Siempre me ha frustrado que, al abordar la biografía de Sila, sus primeros treinta años de vida casi siempre se despachen rápido para pasar a hablar directamente del inicio de su carrera política. Como si esos treinta años no fueran determinantes en la forja del carácter del futuro dictador.
Uno de los ejes de la novela parece ser la idea de que “la salvación del Estado puede justificar cualquier medio”. ¿Es esta la tesis moral que articula la obra?
Sí, muy bien visto. La idea es la famosa “razón de Estado”, más vinculada a Maquiavelo, pero rescatada de la Antigüedad romana. Ninguna dictadura se entiende sin esta forma de razonar, por supuesto tampoco la de Sila. Al ser esta su historia, espero que el lector empatice con él hasta cierto punto.
Sila aparece como un personaje culto, atractivo y contradictorio. ¿Cómo ha trabajado su complejidad psicológica?
Con muchísima empatía. Salustio deja claro que Sila estaba dotado de enormes virtudes. Plutarco subraya que fue un hombre encantador, rodeado de amigos de verdad. La caricatura del tirano presupone un psicópata, pero el psicópata solo entabla relaciones instrumentales, y las amistades del Sila histórico rara vez fueron instrumentales. A la hora de construir el personaje he tenido siempre presentes sus luces, no solo sus sombras.
Las relaciones íntimas del personaje aportan una dimensión emocional muy potente. ¿Qué papel juega el deseo en la construcción del poder?
La relación con Afranio es ficticia, pero me permitía introducir elementos reales como su pasión por el teatro y sus relaciones homosexuales. El concubinato con Nicópolis es histórico y determinante. En lo que presento hay, aunque sutil, una relación de abuso. El deseo no es solo pasión: es herramienta, es negociación y, a veces, detonante de decisiones que cambian el rumbo de una vida.
Cayo Mario representa otro modelo de liderazgo. ¿Qué simboliza cada uno dentro del derrumbe republicano?
Sila es responsable del derrumbe en la medida en que recurre por primera vez al ejército para dirimir una disputa política. Pero él no quiere perpetuarse en el poder, y eso lo diferencia de Mario. Ambas facetas juntas darán lugar a lo que Mommsen llama “monarquía militar”, el modelo que culminarán César y Augusto.
Su formación en filosofía griega y romana es notable. ¿Cómo influye en la estructura moral de la novela?
Toda la historiografía romana pretende ilustrar enseñanzas morales. Yo construyo mi novela con personajes profundamente corruptibles, porque la República no camina hacia el colapso al margen de la calidad ética de quienes la protagonizan. Sila no es un fin en sí mismo: es un cuento cautelar con propósito moralizante.
¿Qué autores han sido fundamentales para usted al abordar esta historia?
Desde Yo, Claudio de Robert Graves hasta El primer hombre de Roma de Colleen McCullough. También Marguerite Yourcenar, aunque tuve que alejarme de ese modelo. Y, por supuesto, los historiadores romanos: Tácito y Salustio han sido decisivos.
La Roma que retrata combina refinamiento cultural y brutalidad social. ¿Cómo ha trabajado esa contradicción?
La moral romana no funcionaba como la cristiana posterior. No había igualdad esencial entre todos los seres humanos. Sila vive entre dos mundos: aristócrata por nacimiento, marginal por circunstancias. Cuando logra medios para hacer carrera política, debe convivir con el estigma de su juventud disoluta.
¿Es la humillación inicial —el desheredamiento— la chispa de su transformación?
No necesariamente. En mi interpretación, ese episodio lo empuja primero hacia una espiral autodestructiva. La transformación llega después, tras la catarsis.
Vive en Bruselas y trabaja en el Parlamento Europeo mientras escribe su tesis doctoral. ¿Cómo conviven el investigador y el novelista?
Aprovecho mi formación para documentarme lo mejor posible. Por lo demás, compartimento. Y empiezo a necesitar que los días tengan más horas.
¿Qué ha supuesto el paso de la investigación filosófica a la ficción narrativa?
Siempre he contemplado la novela como un magnífico vehículo de ideas filosóficas. No digo que Sila sea una novela filosófica en sentido estricto, pero sí contiene bastante filosofía.
Si tuviera que resumir en una frase la enseñanza central de la obra, ¿cuál sería?
La cita de El Señor de los Anillos con la que abro la novela:
“Nada es malo al principio”.
Comentarios
Publicar un comentario