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Todos estamos bailando la misma canción… y nadie sabe muy bien si es para reír, llorar o apagar la tele

 

La Oreja de Van Gogh, ese grupo que durante años fue banda sonora de adolescentes y sobremesas familiares, decidió cerrar 2025 intentado un regreso histórico: la vuelta de Amaia Montero como vocalista principal tras 18 años, dejando atrás a Leire Martínez y con la desembocadura sentimental de un cambio de alineación que ha dividido opiniones incluso antes de que sonara una sola nota. 


Presentar este “momento musical” en La casa de la música de TVE —un especial de Nochevieja que pretendía ser emotivo— fue, cuanto menos, un espectáculo desconcertante. Y no precisamente por la música.





Playback: el truco barato de una presentación fallida


En un programa donde otros artistas sí apostaron por voces en directo o pregrabadas que al menos sonaban vivas, La Oreja de Van Gogh optó por playback. Sí, playback. Ese recurso que elimina cualquier riesgo o error… y también cualquier atisbo de alma o emoción real. El resultado: una actuación que parecía más un anuncio de perfumes con filtro viral que una reunión musical esperada por millones. 


¿Es pedir mucho que un regreso histórico tenga voces reales? Al parecer sí, al menos para esta banda.




La canción: profundidad de cartón


“Todos estamos bailando la misma canción” quiere sonar profunda, universal, filosófica incluso —“Hay más preguntas que respuestas en la aurora boreal”—, pero termina siendo más un intento de frase hecha pegada con cinta adhesiva que un mensaje que cale. No es que los poetas de Twitter se rían de la letra… es que muchos espectadores la recordaron solo para cuestionarla con ironía. 


Si la intención era emocionar, el efecto fue comparable al de un brindis con agua templada: no calienta, no impresiona, y se olvida en segundos.





El outfit de Amaia Montero: ¿nórdico para la pasarela o pijama XXL?


Porque sí, hablemos de lo que muchos comentaron primero y quizá recordarán antes que la propia canción: el look de Amaia Montero.


En lugar de un atuendo icónico o elegante acorde con la “gran noche”, Montero apareció con lo que muchos describieron en redes y medios como un abrigo gigantesco que parecía un edredón nórdico de cama XXL. Ese tipo de prenda que en una serie de Netflix sería usado irónicamente por un personaje que ha pasado tres días sin salir de casa, no por una estrella reclamando un retorno triunfal. 


Y como si eso no fuera suficiente, el exceso de maquillaje —que en vez de enmarcar resaltaba un look algo artificial y fuera de lugar— terminó de completar una imagen que muchos definieron más como “exploradora polar con GPS estropeado” que como vívida reencarnación de la voz que marcó una generación. 


Si la intención era desviar la atención del playback o de la canción, ¡enhorabuena! Funcionó.




¿Un regreso musical o una performance de variedades?


Detrás de este regreso hay decisiones que parecen más propias de un show televisivo de producción fría que de una reunión musical emotiva. El playback, la letra que intenta ser profunda sin lograrlo y el outfit que habría destacado más en un desfile de disfraces sorprenden cuando lo que se esperaba era un regreso con impacto artístico. 


Y ni hablar de la sensación general: en lugar de revivir la chispa que una vez les dio gloria, este episodio parece más bien una foto mal iluminada de ese pasado, con un vestuario que haría palidecer a cualquier estilista de reality show.


La Oreja de Van Gogh no solo estrenó canción; ha protagonizado uno de los momentos televisivos más comentados del año, pero no siempre por las razones adecuadas. Si el objetivo era un regreso genuino, musical y memorable, lo que vimos fue más bien un espectáculo televisado con todos los ingredientes confusos que eso conlleva: voces artificiales, líneas líricas que no conectan, y un look que recuerda más a sacarse la colcha del armario que a deslumbrar en la noche.


Al final, muchos se quedaron con la sensación de estar bailando la “misma canción” de siempre: nostalgia envuelta en artificio, vestuario excéntrico y un regreso que parece más producto televisivo que acontecimiento musical serio. 


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