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Quizás alguien esté marcando el camino: cuando la lucidez duele y la risa escuece

 


Hay novelas que se leen.

Y hay otras que te hablan como si llevaran tiempo esperándote.


Quizás alguien esté marcando el camino, de Alberto Cañas, pertenece claramente al segundo grupo. No busca agradar ni consolar; tampoco pretende dar respuestas. Su objetivo es más incómodo y, por eso mismo, más honesto: colocar al lector frente a un espejo ligeramente deformado, lo suficiente como para que la imagen resulte inquietantemente familiar.


La novela nos presenta a Gregorio, un hombre que ha llegado a ese punto vital en el que la vida ya no promete, sino que recuerda. Funcionario, marido por inercia, padre desde la distancia emocional, seguidor de un equipo de fútbol que actúa como último bastión identitario… Gregorio no es un héroe ni quiere serlo. Es un hombre que observa el mundo con una mezcla de sarcasmo, cansancio y una lucidez que a ratos parece una maldición.


Cañas construye su relato desde una voz narrativa afilada, cargada de ironía, humor negro y una sinceridad que no pide permiso. No hay épica aquí, sino cotidianeidad desmenuzada hasta mostrar sus costuras: las conversaciones vacías, las rutinas repetidas, los silencios que se convierten en norma. Todo aquello que socialmente se acepta como “normal” es cuestionado desde dentro, con una prosa que dispara contra lo establecido sin necesidad de levantar la voz.


La llegada de Eva, una joven librera, introduce un desequilibrio fundamental. No es solo el contraste generacional ni el deseo lo que entra en juego, sino una confrontación directa entre dos formas de habitar el tiempo. Eva representa lo que aún no se ha endurecido, lo que todavía se mueve, mientras Gregorio encarna el peso de lo vivido y la sospecha de que quizá ya sea tarde para cambiar de rumbo. Su relación no se plantea como una historia romántica convencional, sino como un espacio de fricción, de preguntas incómodas y de verdades que duelen más cuanto más claras se vuelven.


Uno de los grandes aciertos de la novela es su uso de la cultura como memoria emocional. Música, cine, referencias literarias y sociales no aparecen como simple guiño al lector, sino como parte del ADN del protagonista. Son los restos de una identidad construida a través de lo que se escuchó, se leyó y se creyó importante en otro tiempo. En ese sentido, la novela también funciona como un retrato generacional: el de quienes crecieron pensando que el mundo tenía un relato coherente y descubrieron, demasiado tarde, que nadie les explicó el final.


El humor, siempre presente, no suaviza el golpe; lo afila. Cañas utiliza la risa como bisturí, no como anestesia. Nos reímos, sí, pero esa risa suele venir acompañada de una sensación incómoda, casi culpable, porque en el fondo sabemos que hay algo de nosotros en lo que se está diciendo. Quizás alguien esté marcando el camino no ridiculiza a su protagonista: lo expone. Y en esa exposición hay una verdad que no busca redención.



Alberto Cañas: una voz que viene de otros escenarios


Alberto Cañas (León, 1977) llega a la literatura con un recorrido poco habitual. Abogado de formación, actor de teatro y televisión, con una extensa trayectoria sobre los escenarios —incluido su papel en el musical El guardaespaldas—, Cañas traslada a la escritura una sensibilidad muy ligada al ritmo, a la oralidad y a la observación directa del ser humano.


Esta es su primera novela, pero no su primer acercamiento a la creación narrativa. Su experiencia como intérprete se percibe en la construcción de la voz de Gregorio, en la cadencia de los monólogos internos y en la capacidad para sostener un personaje que, lejos de resultar amable, se vuelve profundamente humano.



Una novela que no señala, pero incomoda


Quizás alguien esté marcando el camino no pretende marcarlo por nosotros. No hay moralejas ni finales complacientes. Lo que ofrece es una invitación —o quizá una advertencia— a detenerse y mirar alrededor, y sobre todo hacia dentro. A preguntarse en qué momento empezamos a vivir en piloto automático y quién, si es que existe, está realmente decidiendo la dirección.


Es una novela para lectores que no buscan evasión, sino reconocimiento. Para quienes saben que el humor puede ser una forma de resistencia y que la lucidez, aunque duela, sigue siendo necesaria. Un libro que no se cierra del todo al terminar la última página, porque algunas preguntas, una vez formuladas, ya no saben desaparecer.


Y quizá ahí esté su mayor logro: recordarnos que, incluso cuando creemos haber perdido el rumbo, alguien —o algo— sigue marcando el camino. Aunque no siempre sepamos hacia dónde.



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