Hay historias que no necesitan escenarios lejanos ni giros espectaculares para inquietar. A veces basta una casa, una familia aparentemente normal y una decisión cotidiana para que todo empiece a resquebrajarse. La canguro, la nueva novela de Pablo Rivero, se adentra precisamente en ese territorio incómodo donde lo doméstico se vuelve amenaza y la intimidad se convierte en un espacio cargado de sospecha y miedo .
Publicada por Suma de Letras, la novela se presenta como un thriller psicológico profundamente emocional, ambientado en Madrid, que explora las grietas de la maternidad, la conciliación y la fragilidad mental desde un lugar tan reconocible como perturbador: el hogar.
Maternidad, control y culpa
La protagonista, Paula, vive atrapada en una ansiedad constante. Madre de dos hijos, Ethan y la pequeña Martina, ha abandonado su vida profesional y apenas sale de casa. Su mundo se reduce a la terraza del séptimo piso desde la que observa el parque del Retiro, vigilante, temerosa, obsesionada con proteger a los suyos. La maternidad, lejos de presentarse como refugio, se transforma aquí en un campo de batalla psicológico donde la culpa, el insomnio y la necesidad de control erosionan lentamente la cordura .
Rivero pone sobre la mesa una cuestión incómoda: la conciliación como promesa fallida. Paula sostiene sola un modelo familiar insostenible, y la novela muestra con crudeza el coste emocional de intentar cumplir con todo cuando nadie comparte realmente la carga.
La irrupción de la canguro
La llegada de Yurena, una joven niñera dulce, amable y enigmática, parece ofrecer una salida. Delegar, sin embargo, no es un acto neutro. En La canguro, permitir que alguien entre en casa significa abrir la puerta a los miedos más profundos. Yurena no solo cuida de los niños: observa, escucha y ocupa un espacio que hasta entonces pertenecía únicamente a la familia.
Su inquietante parecido con la madre fallecida de Paula y su presencia casi “providencial” intensifican una atmósfera donde nunca queda claro si estamos ante una salvación o una amenaza. Rivero juega con esa ambigüedad de forma constante, obligando al lector a dudar de todo y de todos .
Cuatro voces, una misma tensión
La novela está narrada a través de cuatro voces en primera persona, entre ellas la de Ethan, el hijo mayor, cuyos diarios intercalados revelan una mente infantil marcada por los celos, la rabia y pensamientos cada vez más oscuros. Su mirada añade una capa especialmente perturbadora al relato y convierte al lector en testigo directo de un malestar que se gesta dentro de la propia familia.
Los espacios —el piso, la escalera, el parque— funcionan casi como personajes. Son lugares cotidianos que, bajo la mirada de Rivero, se cargan de simbolismo y refuerzan la sensación de amenaza constante.
Más que un thriller
Como ocurre con las mejores novelas del género, La canguro va mucho más allá del suspense. Es una reflexión incómoda sobre la maternidad, la identidad, la salud mental, el aislamiento emocional y los secretos familiares. Una historia que recuerda que hay tantas verdades como puntos de vista… aunque los hechos, sobre todo los más sangrientos, sean incuestionables .
Con un estilo directo, visual y muy cinematográfico, Pablo Rivero vuelve a demostrar su habilidad para explorar los rincones más oscuros de la conducta humana. La canguro es una lectura absorbente, tensa y profundamente inquietante, que convierte lo cotidiano en un espejo donde no siempre apetece mirarse.
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