Con La nieve invisible, Eduardo Verdú regresa a la ficción literaria tras una extensa trayectoria como periodista y guionista audiovisual. Ambientada en Monte Nieves, un pueblo ficticio de los Pirineos marcado por el aislamiento, la memoria y los silencios heredados, la novela arranca con una imagen tan perturbadora como simbólica: una riada provocada por el deshielo hace aflorar ataúdes enterrados décadas atrás.
A partir de ese detonante, Verdú construye un thriller rural donde el cambio climático, la explotación del territorio y los pactos de silencio funcionan como fuerzas narrativas que empujan a los personajes hacia un enfrentamiento inevitable con su pasado. Hablamos con el autor sobre memoria, culpa, paisaje, identidad y el peso de aquello que permanece oculto… hasta que ya no puede seguir siéndolo.
La nieve invisible te devuelve a la ficción tras una sólida carrera como periodista y guionista. ¿Qué necesidad o impulso personal te llevó a contar esta historia ahora?
He dedicado gran parte de los últimos cinco años a confeccionar propuestas de series para la tele y a la escritura del guión de un largometraje. Esta novela, originalmente, era un proyecto de serie para plataformas, pero finalmente opté por convertirla en libro.
Monte Nieves es casi un personaje más de la novela. ¿Cómo construiste este pueblo de los Pirineos y qué querías que representara más allá de su geografía?
Me gusta esa atmósfera condensada y enrarecida de muchos pueblos. Me atraía adentrarme en un ecosistema cerrado como el de Monte Nieves, una aldea rodeada de altas montañas (viajé al pueblo oscense de Benasque para inspirarme). Los pueblos son la representación de un micromundo donde el tiempo no pasa del todo, donde los conflictos sólo se ocultan pero no se borran, un tablero social donde siempre están los mismos personajes década tras década.
El detonante de la trama es una riada provocada por el deshielo que hace aflorar ataúdes y secretos. ¿Qué te interesaba explorar con esta imagen tan potente y perturbadora?
Me interesa hablar de la memoria. Tal como pasa con la riada y los ataúdes, a veces suceden acontecimientos en la vida que, como una avalancha, desentierran recuerdos que creíamos y deseábamos que permanecieran ocultos, dormidos, inofensivos. La idea de la novela y la imagen de los féretros emergiendo es que no podemos escapar del pasado.
El cambio climático no aparece solo como contexto, sino como una fuerza narrativa que empuja a los personajes. ¿Hasta qué punto te interesaba que la naturaleza tuviera un papel activo en el conflicto?
Mucho. La agresión a la naturaleza es el desencadenante de toda la trama, de todo el conflicto. La paz bucólica se espeja en la paz convivencial de quienes integran ese paraje natural. Cuando se ve alterado el ecosistema, las gentes también comienzan a perturbarse. Estamos ligados a nuestro entorno y, especialmente, si vivimos en un pueblo, donde la naturaleza es un vecino más.
En la novela, la tierra ya no puede contener lo que se ocultó durante décadas. ¿Ves un paralelismo entre la memoria individual, la colectiva y el propio territorio?
Sí. Creo que en los pueblos las experiencias, las tragedias y las alegrías son mucho más contagiosas. La cercanía entre la gente, las poblaciones escasas y endogámicas, provocan emociones en cadena. La propia naturaleza es un factor más ligado a esa telaraña social. La individualidad, la privacidad, es más difícil de mantener en los pueblos pequeños. Todo se afecta entre sí, las peripecias personales trastocan a la comunidad y nadie es capaz tampoco de salir ileso de cualquier conmoción social o natural.
Vero regresa al pueblo tras muchos años de ausencia para despedir a su padre, pero acaba enfrentándose a su propio pasado. ¿Qué te atrae de las historias de retorno y de los personajes que vuelven siendo otros?
Me resulta muy atractiva la idea de que convivan en nosotros diferentes personalidades, diferentes vidas. Somos quienes fuimos, esas identidades que muchas veces dejamos atrás para convertirnos en alguien nuevo, pero también somos quienes jamás llegamos a ser. Las aspiraciones, los sueños, las ilusiones en ocasiones nos moldean con el mismo efecto que lo vivido.
El misterio que ocurrió hace treinta años está profundamente ligado a la culpa y al silencio. ¿Crees que en los entornos rurales estos pactos tácitos pesan más que en otros contextos?
Creo que sí. Pienso que en una gran ciudad las heridas son más fácilmente disimulables, las individuales y las colectivas. Además, la gente entra y sale, el anonimato y las grandes superficies permiten esconder o huir de los dramas. En cambio, los pueblos padecen una claustrofobia emocional; los habitantes de las aldeas pueden llegar a tener que convivir toda la vida con aquel vecino que le robó una vaca, usurpó su tierra o mató a su hermano. Y la única forma de seguir adelante en estos casos es a través de pactos, renuncias y silencios.
Monte Nieves refleja la vulnerabilidad de muchas zonas rurales: despoblación, aislamiento y falta de oportunidades. ¿Qué lectura social querías introducir sin que eclipsara la trama de suspense?
Me parecía interesante plantear la encrucijada ante la que se encuentran muchos pueblos condenados casi a la extinción. ¿Cómo salvarse? ¿Se industrializan? ¿Se anuncian en Airbnb? ¿O se aferran a su identidad y su tradición hasta el final? La España vaciada es una realidad que puede tomar diferentes trayectorias.
El fracking encubierto aparece como una amenaza disfrazada de progreso y desarrollo económico. ¿Por qué te interesaba abordar este tipo de explotación del subsuelo desde la ficción?
Me parece que el fracking fue una de las primeras agresiones al medioambiente. En la novela ese fracking provoca un cambio climático en el valle, un calentamiento que propicia el deshielo que arrasa el cementerio y desentierra los ataúdes. De alguna manera, pienso que la naturaleza nos devolverá el golpe —o ya lo está haciendo—, como le sucede a los habitantes de Monte Nieves. Igual que le pasa a los aldeanos, el ecosistema tampoco olvida ni perdona.
La presencia de abejas muertas, truchas flotando o pequeños temblores genera una inquietud constante. ¿Cómo trabajaste esos detalles para construir una atmósfera de amenaza latente?
En muchas películas de suspense o terror, son los animales o los insectos quienes dan las primeras señales de alarma, quienes anuncian que algo no va bien. En este libro, la amenaza del fracking es velada; su gran estrago, el calentamiento de las cumbres, se producirá con el tiempo, pero la inmediata liberación de gases tóxicos y temblores terrestres produce una rápida y palpable tragedia: la muerte de las abejas y las truchas. Y, en los pueblos, esos animales son un habitante más.
Aunque es una novela de misterio, el drama emocional tiene mucho peso. ¿Cómo equilibras el ritmo del thriller con la exploración íntima de los personajes?
No quería escribir un libro que consistiese únicamente en un juego de pistas y requiebros. Lo que me interesaba realmente, al margen, por supuesto, de orquestar una trama de intriga que funcionase bien, era tratar temas introspectivos: la infancia, la amnesia, la culpa, el silencio, la identidad… ¿Somos realmente las personas que estábamos destinadas a ser? ¿Qué nos condiciona más, la genética o las circunstancias vitales? ¿Qué hace de nosotros las personas que somos? ¿Podemos reinventarnos, está en nuestra mano decidir quiénes somos? Todas esas preguntas son las que creo que dan peso a la novela.
Tu experiencia como guionista se percibe en el pulso narrativo y la estructura. ¿En qué medida tu trabajo audiovisual ha influido en la forma de contar esta historia?
En el fondo, la estructura narrativa de una película o una serie es muy parecida a la de una novela. La construcción de los personajes, los puntos de giro… haber aprendido el andamiaje emocional y anatómico de una ficción audiovisual me ha ayudado mucho a armar este thriller literario.
Has escrito sobre música, identidad, madurez y pérdida a lo largo de tu trayectoria. ¿Sientes que La nieve invisible dialoga con esos temas desde otro lugar?
Pues es muy posible que sí que lo haga. Supongo que, inconscientemente, hay una serie de obsesiones, preocupaciones o pasiones que no nos abandonan y a las que volvemos de manera recurrente. El gran reto consiste en ir abordando esos temas íntimos desde nuevas perspectivas formales y sentimentales, cambios a los que, inevitablemente, te aboca la edad.
El título sugiere algo que está ahí, pero no se ve… hasta que es demasiado tarde. ¿Qué significa para ti esa “nieve invisible” en el conjunto de la novela?
La nieve invisible es una metáfora de todos aquellos recuerdos y olvidos que van sepultando nuestra visión del presente, de nuestro alrededor y, especialmente, de nosotros mismos.
Después de este regreso a la ficción, ¿te planteas seguir explorando el thriller rural y los conflictos sociales ligados al territorio en futuros proyectos?
Es posible que siga ahondando en el thriller rural pero, obviamente, desde una perspectiva distinta, en un tiempo diferente y con personajes completamente opuestos. El territorio, desde luego, ya no tendrá la incidencia que tiene en La nieve invisible. En la próxima novela importará más lo que venga del cielo que del subsuelo.
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